Viviendo en tiempos de ficción

La mayoría de las ficciones de colapso del mundo, en la literatura y en el cine, nos han mostrado cómo el fin de la humanidad podría llegar desde el espacio exterior o, más recientemente, a raíz del cambio climático.

Algunas películas de zombies y catástrofes virales adelantaban algo de la potencia  destructiva de los virus, esos microrganismos que son las entidades biológicas más abundantes en la naturaleza  y que sólo pueden vivir y multiplicarse dentro de otro organismo, un “huesped” inquietante cuyo origen evolutivo aún no conocemos.

Hoy nos encontramos en una situación en que el contacto con otro ser humano puede llegar a ser un peligro, como si estuviésemos viviendo una ficción, y nos hemos visto obligados, como medida de protección, a replegarnos en nuestros hogares, ojalá sin salir de allí. Cuidar de nosotr@s para cuidar de l@s demás se ha vuelto un imperativo no sólo sanitario sino también ético.

Con esto de comenzar a cuidarnos empezamos también a adquirir conciencia de la responsabilidad que tenemos primero con nostr@s y luego, desde aquí, proyectándonos hacia nuestro entorno cercano, con las personas que apreciamos y amamos y, más allá, con esa humanidad que por estos días ha adquirido para nosotros una presencia real. Lo que llamamos “mundo” no es una abstracción.

Nuestra fragilidad se nos ha hecho presente y nos ha devuelto a la condición de convivir en grupos pequeños, con nuestra familia cercana (o incluso, tal vez, estando solos). Volvemos a la tribu ahora, cuando hasta hace poco parecía que el individualismo imperante había suspendido casi todos los lazos comunitarios exigiendo los derechos de cada uno, y olvidábamos que somos parte de una humanidad sintiente y que esos otros seres humanos, al igual que yo, también lloran y rien .

Tal vez en estos días, en que nos vemos compelidos a un encierro forzoso, podamos recuperar lazos fraternos y sobre todo abrirnos a reconocer la responsabilidad que tenemos en las relaciones que establecemos con los demás y en la posibilidad de imaginar y realizar colectivamente un mundo mejor. Tal vez desde la amorosidad que reconocemos en nuestro núcleo familiar podamos proyectar la experiencia de amorosidad hacia los demás.

Pareciera que en este momento de catástrofe mundial, recuperamos abruptamente la conciencia del yo. Serán jornadas de introspección y autodescubrimiento. Trabajo con un método de aprendizaje  que nos invita a conocernos para darnos cuenta de nuestros hábitos de sentir, emocionar, pensar y hacer; generando procesos que nos permiten darnos cuenta de cómo hacemos lo que hacemos para entonces, desde este conocimiento, encontrar caminos hacia el cambio.

Patricia Bustos Roa

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