
A propósito del reciente 8 de marzo, día de conmemoración y reflexión, caigo en la cuenta de que pertenezco a dos de los grupos que en nuestro país son mayoría y con los cuales, sin embargo, la sociedad aún tiene una deuda pendiente.
Soy mujer y soy también mayor de 60 años (bordeando los 70), Soy parte de una generación en la que a muchas nos tocó criar y trabajar buscando un desarrollo profesional y personal, en una época en que eran habituales las familias con tres, cuatro o cinco hijos, siendo la crianza de estos un trabajo que recaía principalmente sobre las mujeres.
El movimiento feminista ha logrado grandes avances, tanto en lo laboral como en lo socio- cultural (por ejemplo, la maternidad es ahora una elección), pero sabemos que queda mucho por hacer ya que las condiciones laborales ponen a las mujeres en la difícil situación de tener que elegir entre los hijos y el desarrollo personal.
Se sigue “castigando” la maternidad, la ley de sala cuna universal aún es un proyecto a la vez que la disparidad de sueldos entre el hombre y la mujer sigue siendo una brecha importante,
Escuchamos con frecuencia decir que el “futuro está en la niñez”, pero en Chile la tasa de natalidad es decreciente y al parecer lo será cada vez más. No es difícil dar una hipótesis a este respecto: la maternidad sigue siendo castigada, pues, como señalábamos, el desarrollo profesional es muchas veces condicionado o incluso frenado por la posibilidad de la maternidad, sea como un hecho o como un proyecto.
Se calcula que para el 2050 las personas mayores de 60 años superarán a los menores de 16 en nuestro país. La nuestra será entonces una población envejecida y con mayoría de mujeres debido a que las mujeres tenemos mayor esperanza de vida. Aquí aparece esta doble exclusión: ser mujer y ser mayor de 60, a este grupo pertenecen muchas mujeres ya excluidas en su juventud, que debieron optar entre criar y trabajar o acceder a un desarrollo personal que se proyectaba más allá del hacer familia.
Quienes hoy son mujeres de 60, 70 o más años son un grupo invisibilizado; en efecto, ser mayor y ser mujer relega la persona a un plano de invisibilidad.
Trabajo con un método que busca incrementar la autoconciencia para lograr un mayor desarrollo humano, y considero que no es casualidad que la mayoría de quienes asisten a mis clases sean mujeres de distintas edades y ocupaciones. Sucede que las mujeres nos permitimos sintonizar con nuestras sensaciones a la vez que nos comunicamos entre nosotras desde los sentimientos. La cultura patriarcal ha impuesto a los hombres el deber de “ser fuertes”, lo que en sentido estricto no significa no tener debilidades (algo humanamente imposible), sino más bien prohibirse manifestarlas, una pesada carga para ellos y que está en la base de la competitividad y el individualismo que nos deshumaniza.
Las mujeres tenemos una mayor conciencia de nuestras sensaciones lo cual facilita conocernos y recuperarnos como sujetos. No es casual que las mujeres sean quienes más asisten a talleres y terapias.
Queda mucho por hacer y hay un grupo de mujeres ya excluidas desde su juventud, que no pudieron desarrollarse profesionalmente o acceder a la posibilidad de un proceso de crecimiento personal que fuera más allá de la familia, mujeres que hoy ya son mayores de 60 y que han ingresado en ese plano de invisibilidad que antes mencionaba. Esas mujeres muchas veces con gran esfuerzo hicieron familia y criaron hijos a veces solas.
Hoy esas mujeres están en una etapa, en que con suerte, pueden dedicarse más a un trabajo personal al desarrollo de la espiritualidad buscando nuevas experiencias de gratificación y crecimiento.
Pienso que las mujeres vamos un paso adelante en el proceso de evolución de la conciencia humana, podemos ver más fácilmente a los otros como semejantes, desarrollar instancias de empatía y hospitalidad, colaborando con la conciencia colectiva de que si no iniciamos de manera decidida un cambio en la manera de relacionarnos entre los seres humanos y con la naturaleza el desastre es inminente.
